Comunicado de Juanito Oiarzabal sobre su "rescate" en el Lhotse

1 06 2011
Juanito Oiarzabal: “Yo no he puesto en peligro a nadie”

En este comunicado nos da su visión de lo ocurrido en el Lhotse: “Faltan a la verdad los que dicen que me rescataron del campamento IV y quienes me acusan por haber puesto a mis compañeros en peligro. Las fotos que llegaron a España no fueron de la operación de rescate sino la mía llegando al campo base en una situación lamentable”

Ante algunas informaciones inexactas, comentarios injuriosos y opiniones que no se corresponden con la realidad de los hechos, me veo obligado a puntualizar lo siguiente con el objeto de restablecer la verdad, mi buen nombre y el de los compañeros implicados en dichas informaciones.

Esta primavera decidí intentar la ascensión del Lhotse (8516 m), uno de los ochomiles que me faltaban para mi proyecto 2 x 14 x 8000, y. lo hice a sabiendas de que el campo base del Everest, común con el del Lhotse, estaría masificado por la proliferación de expediciones comerciales que desde hace unos años han establecido en el glaciar del Khumbu la base de su negocio.

Lo que no podía suponer es hasta que punto la montaña que me encontraría es tan diferente a la que ya había escalado hace 16 años, una montaña, junto con el Everest, que ha perdido su esencia y se ha convertido en algo muy diferente al alpinismo de entonces. Lo peor es que la masificación y el ritmo impuesto por los intereses de las expediciones que llevan clientes a estas montañas hace imposible poder practicar otra clase de alpinismo o mantenerse al margen del ritmo que imponen.

A pesar de todo ello decidí quedarme y reconozco que aquella decisión fue una equivocación que, en buena medida, hoy estoy pagando. Me tendría que haber vuelto a España y haber regresado al Lhotse quizás en otro momento o por otra ruta, pero con mis 55 años mi primera impresión es que no tendría muchas más oportunidades, pensé que esta era mi última oportunidad de llegar a la cima del Lhotse sin utilizar de oxígeno.

Creo que no es necesario volver a recordar lo que dije en la rueda de prensa antes de mi partida. Yo iba solo. Compartiendo el permiso de la expedición con algunos alpinistas que conocía, pero que nuestra responsabilidad colectiva se acababa en el campo base. A partir de allí comenzaba la responsabilidad personal. Quise decirlo expresamente por lo sucedido el año pasado en el Annapurna. Esa era una de las reglas aceptadas por cada uno de los que coincidimos al pie del Lhotse.

Compartíamos permiso Carlos Soria, Carlos Pauner, Javier Pérez (el cámara que acompaña a Pauner), Juanjo Garra, Miguel Ángel Pérez, Manuel González (Lolo), el checo Radek y un servidor, Juanito Oiarzabal, aunque no formábamos una expedición clásica con un grupo homogéneo y un líder.

De esta forma montamos nuestro campo base en el glaciar del Khumbu, compartiendo algunos servicios comunes, como suele suceder en estos casos: cocina y pocas cosas más. Por ejemplo Miguel Pérez y el checo establecieron sus tiendas en otro lugar y Carlos Soria había contratado a su serpa habitual, Muktu, mientras los otros cinco alpinistas compartíamos dos serpas, que nos ayudarían a transportar las cargas a los diferentes campamentos.

Realizamos nuestro trabajo habitual de aclimatación y montaje de campamentos y a mediados de mayo ya estábamos dispuestos para realizar el ataque a la cima que fijamos para el día 21 porque era la fecha en que había una mejor previsión de tiempo y vientos más débiles en la zona de la cumbre.

La ascensión hasta el campamento IV (a unos 7.900 m) se desarrolló con normalidad. En ese campamento coincidimos en el ataque a la cima: Carlos Soria y Muktu, Carlos Pauner, Javier Pérez, Juanjo Garra, Manuel Gonzalez, “Lolo”, nuestros serpas Norbuk y Pasang, y yo. Todos los que compartíamos permiso como he citado anteriormente. También subieron al campamento IV, con intención de atacar la cumbre, Miguel Ángel Pérez, Isabel García, el iraní Mahdi Amidia, Roberto Rodrigo y el mexicano Jorge Salazar.

Por supuesto, desde el inicio de la ascensión, cada uno tomaba sus decisiones y era responsable de si mismo y de su seguridad. Yo compartía tienda con Juanjo Garra y “Lolo” (el andaluz Manuel González), a ambos los conozco desde hace años. Son buenos compañeros y buenos alpinistas. A la mañana siguiente salimos y subiendo el corredor nos desperdigamos por las diferentes fuerzas de cada uno. Carlos Soria y el serpa Muktu, se pusieron botellas de oxígeno y fueron los primeros en alcanzar la cima, aproximadamente a las nueve y media de la mañana. Yo subía bien, aunque se me hizo muy duro, por el frío, el cansancio y el viento. El siguiente en la cumbre fui yo mismo, como a la una y media de la tarde, con un pequeño grupo en el que se encontraba Carlos Pauner, Juanjo Garra, Javier Pérez y Norbuk. De este grupo todos subimos sin utilizar oxígeno, excepto el cámara Javier Pérez.

Estuvimos poco tiempo en la cima, y como notaba que mis pies se resentían por las amputaciones me puse a bajar lo más rápido posible al campo IV. De bajada pude ver a Miguel Ángel Pérez, (que haría cima poco después de nosotros, creo que con oxígeno artificial), a Lolo (calculo que a 40 minutos de la cima, aunque en esas condiciones de cansancio y altitud no siempre los cálculos son exactos). Lolo dijo que iba bien (haría cima como a las tres de la tarde junto al iraní Mahdi Amidia) y que nos seguiría en la bajada: Un poco más tarde me crucé con Roberto e Isabel, en un cambio en las cuerdas fijas, y les informé de que aún les faltaba como una hora para la cumbre. Isabel me dijo que subirían a toda costa. Le contesté que bueno, que ellos sabrían. El mexicano Jorge Salazar y el sherpa Pasang, tuvieron problemas y decidieron retirarse y bajar al último campamento.

Llegué al campamento IV aproximadamente a las cuatro de la tarde, y me puse a derretir nieve para que mis compañeros tuvieran algo de beber cuando llegaran. Los que estuvieron conmigo en la cima llegaron poco antes del anochecer (como a las siete y media de la tarde), porque bajaban muy cansados.

Los últimos en bajar fueron Isabel y Roberto, que llegaron a eso de las cinco o las seis de la madrugada. Lolo no apareció. En el campo base habían recibido una llamada de él, que alarmó a toda la gente y se empezó a montar un operativo de ayuda. Isabel y Roberto, que venían detrás de él, no habían visto sus huellas lo que nos hizo suponer que lo más probable es que se hubiera caído al vacío por el corredor. Nosotros estuvimos llamándole y aunque el teléfono daba señal no obtuvimos respuesta.

Estuve toda la noche dándole vueltas y diciéndome que no podía repetirse la historia del Annapurna del año pasado. No conseguí dormir nada. Y eso unido al gran esfuerzo realizado para alcanzar la cima del Lhotse, y a que llevaba mal hidratado y mal alimentado los últimos días.

Apenas había sido capaz de ingerir un poco de líquido.

A la mañana siguiente comenzamos a comunicarnos con el campo base para saber qué podíamos hacer por Lolo, pero por los talkies los médicos sólo nos insistían en que bajáramos porque nuestra situación iba a empeorar y al final no podríamos hacer nada. Estuvimos mirando por si veíamos a alguien pero el resultado fue negativo. A pesar de todo, estuvimos esperando más o menos hasta las once, aproximadamente, (no recuerdo con exactitud la hora), y ya iniciamos el descenso hacia los campos inferiores.

Entre tanto, afortunadamente, los del campo base contactaron con los hermanos argentinos Benegas, Damian y Willy, (que conozco desde hace años), y el guía Matoco (Matías Erroz), que bajaban del Everest. Estos, en su descenso si que vieron a Lolo, cerca del Campo IV, fuera de la ruta normal de descenso. Se desviaron un poco de su ruta, (en parte común con la nuestra), subieron a nuestro campamento IV y luego a por Lolo.

También ayudaron a bajar a Roberto. A ellos les deben la vida. Y sin duda todos los que estuvimos allí se lo agradecemos.

En principio las noticias hablaban de que Lolo tenía las dos piernas fracturadas pero afortunadamente no fue así. Los hermanos Benegas y Matoco, junto con algunos serpas, ayudaron a bajar a todos al Campo II, ya de noche. Yo había llegado a este campamento también tarde porque me había quedado a esperar en el campo tres. De hecho algunos de los “rescatados”llegaron a este campamento antes que algunos del grupo que bajábamos por nuestra cuenta.

Hubo momentos de tensión con Carlos Pauner, que no se quiso poner la botella de oxígeno a pesar de que tenía un índice de saturación de oxígeno en la sangre muy bajo, y con Isabel García porque decía, al parecer, que le querían cobrar luego el coste del rescate, (de todo eso me enteré después). Parecía que, por fin y con suerte, todo se había acabado. Pero lo cierto es que yo llevaba cinco días de ascensión, y en los últimos días no me había cuidado. Lo cual, sin duda, es exclusiva responsabilidad mía. Había comido y bebido muy poco. Estaba completamente agotado y tenía los pies tocados. Además ya en el campo II tuve que cambiarme de tienda para hacer sitio a Lolo, así que tampoco descansé bien.

A la mañana siguiente un helicóptero subió al campo II, a unos 6400 metros, para evacuar a Lolo y Roberto a Katmandú. El resto comenzamos a bajar al base.

Yo estaba muy tocado, antes de comenzar a bajar me tomé unas pastillas de Fortecortín (dexametasona, un corticoide). No podía con mi alma. A pesar de todo logré llegar al Campo I, pero iba tan lento que me veía incapaz de llegar esa jornada al campo base, a pesar de que es una bajada que en condiciones normales la había hecho en menos de tres horas. Pero ya no estaba en condiciones normales. Me puse a derretir nieve en el Campo I, pero ya ni me entraba el agua aunque pude beber algo de unos tubos de leche condensada. Todos juntos nos pusimos a bajar.

Cuando llevábamos como una hora de descenso paré a Carlos Pauner, Juanjo Garra y Javier Pérez, para pedirles que me pusieran una inyección de dexametasona. También le pedí a Javier, el cámara de Carlos, que me dejara una botella de oxígeno para ver si así podía mejorar algo. Y así, casi arrastrándome, logré llegar ya casi al final de la Cascada de Hielo, a una media hora del campo base. Les pedí a los compañeros que me dejaran, porque ya no podía más y quería descansar algo más ahora que ya estaba abajo. Sabía que ellos también tenían bastante con lo suyo. Hablamos con Edurne y le dijimos que enviara a algún serpa a nuestro encuentro.

Así pude llegar al campo base, que insisto, estaría como a media hora de ese lugar.

Agradezco de corazón a todos los que me ayudaron. Pero faltan a la verdad los que dicen que me rescataron del campamento IV y los que me acusan, sin nombrarme, por haber puesto a mis compañeros en peligro.

Ni mucho menos, tengo nada que ver con un operativo de rescate en el que yo no he estado envuelto.

Desgraciadamente las fotos que llegaron a España no fueron de la operación de rescate sino la mía llegando al campo base en una situación lamentable, y simplemente porque ya estaba en el campo base y había periodistas con cámaras e Internet para distribuirlas inmediatamente sin tener siquiera en cuenta que nuestras familias no estaban del todo informadas, mezclando la información de un rescate a 7900 m con mi llegada al campo base. De todo eso soy completamente ajeno. No me siento aludido cuando se dice que “se puso en peligro a cientos de personas” porque yo no he puesto en peligro a nadie.

Reconozco que ha sido una bajada dura, aunque desde luego no tiene nada que ver con el dramático descenso del K2 del 2004. Resumiendo, he hecho una ascensión hasta la cima bastante buena, sin problemas, con el primer grupo que no usó oxígeno. Y la bajada fue muy penosa, por la falta de hidratación, y también por la falta del descanso mínimo, debido a la tensión de esos días en los que estuve en vilo. Es un fallo mío, lo reconozco. Lo que no entiendo es cómo algunos, sin saber nada de lo sucedido, sin analizar todo estos datos, me han elegido, una vez más, como chivo expiatorio de una situación de la que no he tenido nada que ver ni he sido responsable. Por supuesto desmiento que hayamos dejado basura en la montaña, pues el bajar con todo nuestro material ha sido una de las razones de bajar tan despacio. Es probable que, en este caso, haya habido algún malentendido porque en el campo 4 cuando subimos había alguna tienda de algunos alpinistas que habían subido antes, pero todo nuestro material de los diferentes campos fue retirado.

Por último me gustaría contestar a algo que ha dicho un responsable de cierta expedición comercial cuando nos ha acusado de“una gran falta de profesionalidad y ética alpinística”.

Respecto a lo primero cabría señalar que el único dato objetivo para dirimir tal cuestión es el historial deportivo y creo que, en ese apartado, no tengo nada que envidiar a esa persona. Respecto a lo segundo me parece paradójico. Porque no deja de serlo que uno de los mayores responsables de haber montado este circo del Everest, simplemente para enriquecerse, de haber convertido la montaña más alta del planeta en la más vulgar, de llevar toneladas de material y botellas de oxígeno, que hoy se reparten en buena medida en los campamentos, venga a dar lecciones de ética desde una pretendida superioridad moral que, desde luego, no le reconozco. Lo único opuesto a la ética de la montaña es precisamente de lo que ha hecho su negocio.


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