L’increïble repte de Carlos Soria, amb 72 anys a l’Himàlaia

24 09 2011

Todo en la vida es un poco arriesgado

O lo aceptas y lo aprovechas o “si no, te quedarías siempre en tu casa”, afirma Carlos Soria en esta entrevista, realizada en el campamento base del Dhaulagiri, en la que nos transmite sus ideas respecto a esta montaña, el alpinismo, la vida en el campo base, y cómo vive los cambios que ha experimentado el himalayismo desde su primera expedición al Himalaya, hace ya casi cuatro décadas.

Darío Rodríguez –

 

L’envejable empenta i les ganes de viure del Carlos Soria

 

Carlos Soria se encuentra ya en el campo base del Dhaulagiri, un lugar que conoce bien pues ya ha estado en él en otras tres ocasiones. En una de ellas vivió la trágica desaparición de Pepe Garcés, con quien compartía expedición. A sus 72 años sueña con alcanzar la cima de esta montaña que ha cogido fama de peligrosa. Los sherpas ya han instalado el campo 1 y pronto esperan tener instalado el campo 2. En esta entrevista, que le hacemos en el propio campo base, Carlos Soria nos transmite sus ideas respecto a esta montaña, el alpinismo, la vida en el campo base, y cómo vive los cambios que ha experimentado el himalayismo desde su primera expedición al Himalaya, hace ya casi cuatro décadas.

¿Qué sensación tienes al regresar a este campo base en el que ya has estado en otras tres ocasiones?
La primera vez que vine a este campamento base, en 1988, fue con un grupo de amigos, lo pasamos estupendamente pero no pudimos subir. La segunda vez, en 2001, fue una experiencia muy dura. Estábamos muy conjuntados y éramos muy buenos amigos: Silvio Mondinelli, Mario Merelli, Pepe Garcés, Edurne Pasaban y yo. Yo venía del Everest y Pepe Garcés del K2, pero la expedición terminó de forma terrible con la muerte de Pepe. Quizás el momento más duro de mi vida no fue el de la muerte o la desaparición de Pepe, sino cuando recogimos sus cosas de la tienda donde dormía, para meterlas en su cuba. Es el momento más triste que he vivido y espero no vivir otro así.

Lolo Gnzlez, Juanito Oiarzabal, Carlos Soria y Juanjo Garra. Campo Base Pumori 2011

 

 

Manuel González, Juanito Oiarzabal, Carlos Soria y Juanjo Garra. Campo Base Pumori. 2011

 

La última vez que vine (2006) fue con mi amigo Tente Lagunilla y tampoco pudo ser. Para mí fue un año muy malo: tenía un problema de espalda, además sufría el síndrome de Menier y tuve bastantes mareos.

¿Impresiona estar solos en el campo base de un ochomil?
No; se está muy bien, estupendamente. Mejor solos que mal acompañados. Si estuviera solo con otro alpinista o con un sherpa, sería otra cosa, pero tenemos un equipo que lo pasamos estupendamente y no necesitamos nada más. Estamos encantados de la vida.

¿Qué es lo que se hace en un campo base?
Vivir la montaña intensamente, organizarte, cuidarte, leer, hablar con los amigos, descansar… Hay gente que se pone nerviosa estando en un campo base, pero a mí me encanta. Sabes a lo que vienes y se pueden hacer muchas cosas. Se vive la montaña muy intensamente. Se habla, se piensa…

¿Cómo concibes la aclimatación?
Como todo el mundo. Haciendo alguna subida a altura, pero no muchas. Nunca me ha gustado dormir en altura y últimamente he hablado con médicos que me han dicho que están de acuerdo con esto. Tienes que pasar unos quince días en el campo base para estar en condiciones de hacer una cumbre como ésta.

Dario Rodriguez, Juanito Oiarzabal y Carlos Soria. Lhotse 2011 Juanjo Garra

 

 

 

 

 

Darío Rodríguez, Juanito Oiarzabal y Carlos Soria. Lhotse 2011 Juanjo Garra

 

Me considero aclimatado habiendo dormido a seis mil metros un par de veces, más la estancia y algo de ejercicio en el campo base. Hay que subir alto y bajar, pero no estar todo el día arriba. A partir de seis mil metros, el cuerpo se deteriora, no mejora.

¿Preparas también la parte psicológica?
No le doy muchas vueltas. Ahora hemos hecho una cumbre de seis mil metros y nos hemos recuperado muy bien. Psicológicamente estás a gusto cuando estás cómodo con el entorno y la gente que te rodea. Lo malo es estar a disgusto aquí por alguna circunstancia.

¿Cuál es la clave del Dhaulagiri?
La clave es, como en la mayoría de estas montañas, estar en buenas condiciones y que te respete el tiempo. Además, hay que tener cuidado con las avalanchas y exponerte lo menos posible.

¿Cuál es la zona más peligrosa de esta montaña?
Todo el mundo dice que el campo 2, pero no sé si lo dicen porque ha muerto gente allí. Normalmente, la parte más peligrosa en cualquier montaña es el tramo entre el último campo y la cima. Lo otro puede ser técnicamente más difícil, pero un cambio de tiempo o un problema a ocho mil metros puede ser muy complicado.

¿Qué es lo que más ha cambiado en los campo base desde que empezaste?
La cantidad de gente y el material. Las tiendas son mucho mejores y también las botas. Pero lo más notable es la cantidad de gente, sobre todo en el Everest, el Cho Oyu, o el Shisha Pangma. Es un ambiente totalmente distinto al que había antiguamente.

También ha cambiado mucho el tema de la comunicación…
Eso ha sido tremendo. La información sobre lo que ocurre en estas montañas ha cambiado y es un poco aburrido ver a la gente todo el día con el ordenador, viendo fotos… Me aburre a mí hacerlo y ver a la gente haciéndolo. Antes se jugaba a los dados, a las cartas… y ahora es muy difícil. Parece ser que hay que atender al ordenador

¿Una necesidad por el tema de los patrocinadores?
No es una necesidad, es una obligación que nos hemos ido creando poco a poco. Yo he hecho once ochomiles hasta ahora y no he estado pendiente del ordenador. Esta vez estoy más pendiente, porque tenemos un patrocinador importante y tenemos que darnos a conocer. Aparte de que mi proyecto se está convirtiendo en algo importante por mi edad. Está bien informar a la gente, pero hay que tener un límite.

¿No te gustan los ordenadores?
Es algo importante, porque gracias a estos adelantos tenemos información sobre el tiempo que antes no teníamos. No es que sea contrario, pero no veo bien que sea un “vicio” estar todo el día con el ordenador. Por lo menos para los alpinistas, porque los profesionales de la información están obligados. Muchas veces son los propios alpinistas los que no dejan el ordenador y no están pendientes de otras cosas.

¿Cuáles son tus “pequeños” caprichos en un campo base?
Pues el principal es estar a gusto. Respecto a las comidas: me gustan los tés raros de hierbas, la miel, el jamón, la cecina, el ajo… Se come muy bien, porque los cocineros son cada vez mejores. Pero no necesito cosas especiales.

¿Qué mensaje les has transmitido a los sherpas que te acompañan en esta expedición?
Pues que estamos aquí para subir esta montaña, que contamos con ellos y que es un momento muy importante en mi vida deportiva. Me conocen, confío en ellos y espero que salga todo bien. Quiero que hagan las cosas lo más a su aire posible, pero tienen que apoyarnos. Saben que subir al Dhaulagiri es nuestro principal objetivo y que si hay algún problema, nos lo deben decir. También quiero convivir con ellos como compañeros, no como seres extraños.

Tu sistema de trabajo con los sherpas está basado en la libertad…
Como todo en la vida, creo en la libertad. Cuando un sherpa tiene que subir algo, no le digo “sube esto”, sino que le digo qué es lo que hay que llevar y él elige el peso que quiere cargar. Normalmente todo sale bien y me da satisfacción no quedarme abrumado por cargarlos demasiado. Si él lo elige, me parece mucho mejor.


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